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El hombre mediocre: 3

Tal vez la critica se deba a la etapa en que me vi forzada a leer este libro. Todo idealista es un hombre cualitativo:

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Frases de El hombre mediocre

Acostumbrados a copiar escrupulosamente los prejuicios del medio en que viven, aceptan sin controlar las ideas destiladas en el laboratorio social: En los rutinarios todo es menor esfuerzo; la acidia aherrumbra su inteligencia. No son exclusivos de los hombres mediocres; pero en ellos representan siempre una pasiva obsecuencia al error ajeno. El individuo se plasma los primeros; la sociedad impone la segunda.

La acechanza persiste en el inevitable trato mundano con hombres rutinarios. Son zafios, sin creerse por ello desgraciados. Carecen de buen gusto y de aptitud para adquirirlo. No intentan estudiar; sospechan, acaso, la esterilidad de su esfuerzo, como esas mulas que por la costumbre de marchar al paso han perdido el uso del galope.

La lectura les produce efectos de envenenamiento. Tragan sin digerir, hasta el empacho mental: La ha descrito en muchos personajes, tanta parte tiene en la vida real.

Por eso los hizo felices, de acuerdo con su doctrina: La moraleja no lo es menor: El resol de la originalidad ciega al hombre rutinario. Teme embriagarse con el perfume de su estilo. Todos los rutinarios son intolerantes; su exigua cultura los condena a serlo. Llaman hereje al que busca una verdad o persigue un ideal; los negros queman a Bruno y Servet, los rojos decapitan a Lavoisier y Chenier.

Ignoran la sentencia de Shakespeare: La tolerancia de los ideales ajenos es virtud suprema en los que piensan. Reniegan de la verdad y de la virtud si ellas demuestran el error de sus prejuicios; muestran grave inquietud cuando alguien se atreve a perturbarlos. Llaman insensatos a los que suscriben mansamente los errores consagrados y conciliadores a los que renuncian a tener creencias propias: Comulgan en todos los altares, apelmazando creencias incompatibles y llamando eclecticismo a sus chafarrinadas; creen, por eso, descubrir una agudeza particular en el arte de no comprometerse con juicios decisivos.

No sospechan que la duda del hombre superior fue siempre de otra especie, antes ya de que lo explicara Descartes: Los rutinarios, en cambio, no se corrigen ni se desconvencen nunca; sus prejuicios son como los clavos: Viven de una vida que no es vivir. Crecen y mueren como las plantas. No necesitan ser curiosos ni observadores.

La cultura es el fruto de la curiosidad, de esa inquietud misteriosa que invita a mirar el fondo de todos los abismos. El ignorante no es curioso; nunca interroga a la naturaleza.

Ese hombre que osa desconfiar de la rutina es Newton,. No desbaratar la propia ignorancia es perecer en vida. En el verdadero hombre mediocre la cabeza es un simple adorno del cuerpo.

Si nos oye decir que sirve para pensar, cree que estamos locos. El mediocre es solemne. Los exitistas lo saben; se adaptan a ser esas vacuas "personalidades de respeto", certeramente acribilladas por Stirner y expuestas por Nietzsche a la burla de todas las posteridades. Detestan la risa, temerosos de que el gas pueda escaparse por la comisura de los labios y el globo se desinfle. Son modestos, por principio. Temerosos de pensar, como si fincasen en ello el pecado mayor de los siete capitales, pierden la aptitud para todo juicio; por eso cuando un mediocre es juez, aunque comprenda que su deber 60 es hacer justicia, se somete a la rutina y cumple el triste oficio de no hacerla nunca y embrollarla con frecuencia.

El temor de comprometerse les lleva a simpatizar con un precavido escepticismo. Si la vanidad no les tienta, suelen atravesar la penumbra sin herir ni ser heridos, llevando a cuestas cierto optimismo de Pangloss.

Son feligreses de la palabra; no ascienden a la idea ni conciben el ideal. La mediocridad intelectual hace al hombre solemne, modesto, indeciso y obtuso. Pasea su vida por las llanuras; evita mirar desde las cumbres que escalan los videntes y asomarse a los precipicios que sondan los elegidos. Vive entre los engranajes de la rutina. Sin alas para elevarse hasta ellos, deciden rebajarlos: Los lacayos pueden hozar en la fama; los hombres excelentes no saben envenenar la vida ajena.

La Inocencia yace, en el centro del cuadro, acoquinada bajo el infame gesto de la Calumnia. Todas las pasiones viles y traidoras suman su esfuerzo implacable para el triunfo del mal. En ello estriba la desconfianza que suele rodear a los caracteres originales: La gloria depende de ellos mimos.

El hombre mediocre ignora esas virtudes; se limita a cumplir las leyes por temor a las penas que amenazan a quien las viola, guardando la honra por no arrastrar las consecuencias de perderla.

Hay una moral del honor y otra de su caricatura: El que aspira a parecer renuncia a ser. Envidiar es una forma aberrante de rendir homenaje a la superioridad. El gemido que la insuficiencia arranca a la vanidad es una forma especial de alabanza. La incapacidad de crear le empuja a destruir. Donde todos pueden hablar, callan los ilustrados. La cuna dorada no da aptitudes; tampoco las da una urna electoral.

En los genios que se equivocan hay una viril firmeza que a todos impone respeto. Mientras los contemporizadores ambiguos no despiertan grandes admiraciones, los hombres firmes obligan el homenaje de sus propios adversarios.

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